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EL DUENDE DEL DESIERTO MOJADO



¡Curiosa e intrigante especie la de los duendes del desierto mojado! Yo sabía de la existencia de estos seres por los cuentos que me narraba mi madre de pequeña, no obstante, nunca pensé que me toparía con uno. 

Caminando por un sendero algo largo, me encontré a un duende, durmiendo, bajo un árbol de naranjas y, al lado, una cesta repleta de esa fruta coloreada. Seguramente, este habría pasado toda la mañana saltando de rama en rama y necesitaba la siesta para recuperar energías y volver a casa. 

Como me moría de hambre, me llevé su cesta de naranjas, con intención de no dejarle ni una. Sabía que el duende no era tonto. Si me pillaba, se comería mi alma. Para ellos, esto era lo justo. Pensé que tenía un buen escondite y corrí el riesgo. No obstante, ¡Pobre de mí! No tardó en localizarme con su brújula espiritual que llevaba pegada en su pecho, un anexo peculiar de su anatomía. Ese artefacto detectaba la grasa corporal. Ellos tienen arena por grasa. La grasa es considerada, puramente, humana. 

Al quedarme una semana sin comer, mi grasa estaba bajo mínimos y fue algo difícil que me localizara pero, descubrió donde me hallaba. Me disponía a descansar la barriga de tanto comer naranjas, cuando vi a lo lejos el duende, que se acercaba, amenazador por haberle robado. Yo le imploré perdón y, el duende, rara vez compasivo, decidió no comer mi alma. Entendió que le robé por hambre, pero tenía que compensarle de otra manera. 

Así es como me llevo al lugar donde vivía y me convertí en su chacha particular. Me di cuenta que se trataba de un duende de familia bien. Tenía un caserón muy grande y durante el tiempo que estuve allí, no me faltó ni comida, ni un buen lugar para dormir (mi cama tenía 12 colchones). 

No obstante, al estar rodeada de tanta riqueza, tuve la osadía de querer robarle, otra vez pero, no por hambre, sino por codicia. Le quise robar un diamante púrpura (único) pero, me pilló con las manos en la masa. Él cogió su brújula, la abrió y las almas que había dentro me fueron a buscar, quedando atrapada en ese objeto corporal. 

Moraleja: no es malo desear tener algo, siempre que nos mantengamos en equilibrio. Es decir, que tengamos presente que aquello que nos llena, no puede venir de fuera y que es necesario que dediquemos más tiempo a nuestro verdadero ser que a lo que, simplemente, lo adorna. 


Y colorín colorado...

Elisabet Aguiló 
Psicóloga 
Coach especialista en nutrición y salud

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